Respuesta de la demanda: la central más barata es una pausa
Operación de la red 7 min de lectura

Respuesta de la demanda: la central más barata es una pausa

La forma más barata de cubrir una punta es a menudo no cubrirla. Si la demanda puede sacarse de la hora más tensa, el sistema se ahorra hacer funcionar su central más cara y se ahorra construir capacidad que existe solo para esa hora. La idea es antigua y la ingeniería sencilla. Lo difícil ha sido reunir la cantidad suficiente.

La industria llegó primero

La fundición de aluminio, la acería de arco eléctrico, la producción de cloro y la separación industrial de aire comparten una propiedad útil: consumen cantidades enormes de electricidad y toleran interrupciones cortas. Una fundición que consume varios cientos de megavatios puede reducir carga en segundos sin dañar la línea de cubas, siempre que la interrupción sea breve.

Las eléctricas lo vieron hace décadas y redactaron tarifas interrumpibles. El cliente recibe electricidad con descuento y a cambio concede al operador el derecho a cortar el suministro un número definido de horas al año con un preaviso definido. Para el operador es capacidad sin obra. Para la fundición, una rebaja permanente en un insumo que domina su economía.

Estos acuerdos no tienen brillo y funcionan. En varios sistemas europeos la carga industrial interrumpible sigue siendo el mayor bloque único de capacidad del lado de la demanda, despachado con fiabilidad porque un puñado de grandes instalaciones es más fácil de coordinar que un millón de pequeñas.

El límite es que la reserva es finita. No hay tantas fundiciones, y su disposición a interrumpir la acotan los programas de producción. El crecimiento tiene que venir de cargas menores y más numerosas, y ahí empieza la dificultad.

Por qué las cargas térmicas son las fáciles

Las cargas que más fácilmente se desplazan son las que almacenan energía como temperatura. Un almacén frigorífico a veintidós grados bajo cero puede subir a veinte en una hora sin poner en riesgo la mercancía, y al hacerlo ha descargado de hecho una batería. Un termo de agua caliente que calienta a las tres de la madrugada en vez de a las siete de la tarde entrega al hogar exactamente el mismo servicio.

Esto importa porque las cargas térmicas son una proporción enorme y creciente de la demanda eléctrica. Las bombas de calor, el aire acondicionado y el agua caliente dominan juntos el consumo residencial en casi todos los climas, y la propia masa térmica del edificio aporta almacenamiento sin coste añadido. Precalentar una casa bien aislada un grado antes de una punta resulta invisible para quienes la habitan y retira la carga por completo de la hora crítica.

Los vehículos eléctricos son la mayor oportunidad nueva. Un coche enchufado a las siete de la tarde y necesario a las siete de la mañana tiene doce horas para absorber cuatro de carga. Simplemente aplazar esa carga más allá de la punta vespertina, sin cambiar cuándo está listo el coche, es de los servicios de red más baratos disponibles, y a diferencia de casi toda la flexibilidad crece por sí solo con la flota.

Lo que todos comparten es que el servicio entregado al usuario no cambia. Nadie percibe una casa más fría, un congelador más caliente o un coche con menos autonomía. El desplazamiento es invisible, y precisamente por eso resulta aceptable a gran escala.

Por qué la versión doméstica decepciona

Las eléctricas llevan décadas aplicando tarifas por horas partiendo de que las señales de precio cambian el comportamiento. Los resultados son constantes: los hogares responden, un pequeño porcentaje, y la respuesta decae en meses conforme se agota la novedad.

La razón es bastante simple. Las cantidades en juego son pequeñas frente a la atención que exigen. Ahorrar treinta céntimos poniendo el lavavajillas a las once de la noche no compensa reorganizar una tarde, y ningún diseño tarifario cambia esa proporción.

Lo que sí funciona es la automatización. Cuando una bomba de calor, un termo o un cargador responden a una señal sin que el hogar decida nada, las tasas de participación se multiplican y persisten, porque no hay nada que sostener. El problema conductual desaparece en cuanto no se exige conducta.

De ahí surgió el modelo del agregador. Una empresa contrata con miles de hogares, instala o se comunica con dispositivos controlables y oferta la flexibilidad combinada a los mercados como un único recurso: una central virtual. El hogar ve un pago anual fijo o una tarifa menor y no toma ninguna decisión. Varios mercados europeos tienen ya agregadores despachando cientos de megavatios así, algo real aunque todavía pequeño frente a lo que sugería el potencial teórico.

Los obstáculos que quedan son más administrativos que técnicos: normas de medida, reglas sobre quién puede controlar un dispositivo y procedimientos de liquidación que establezcan cómo se mide una reducción frente a lo que se habría consumido. Ese último problema - medir algo que no ocurrió - es genuinamente difícil y origina la mayoría de las disputas.

Cuánto vale

La respuesta de la demanda compite con la generación en igualdad de condiciones en casi todos los mercados modernos. Oferta en subastas de capacidad, aporta regulación de frecuencia y alivia congestiones en zonas restringidas de la red. En cada caso es el coste evitado lo que la hace valiosa.

Por kilovatio evitado en punta suele salir más barata que construir cualquier cosa. Un termo que ya existe no cuesta nada instalar, y una señal de control no cuesta nada enviar. Frente a una central de punta que hay que construir y mantener para unos cientos de horas de uso al año, la comparación no está reñida.

Su límite son la duración y la repetibilidad. Una cámara frigorífica puede derivar una hora, no un día. Una fundición puede interrumpir unas pocas veces por temporada, no a diario. Maneja bien las puntas cortas y agudas y mal los déficits prolongados, y por eso complementa al almacenamiento y a la generación firme en vez de sustituirlos.

La visión práctica de casi todos los operadores es que la flexibilidad debe tomarse en orden ascendente de coste, y la respuesta de la demanda ocupa el fondo de esa pila durante las primeras horas. Usarla primero es lo que hace más pequeño todo lo construido por encima.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la respuesta de la demanda?

Desplazar o reducir el consumo eléctrico en momentos concretos para que la oferta no tenga que subir a cubrirlo. Va desde una fundición de aluminio que interrumpe veinte minutos hasta un termo doméstico que calienta de noche en lugar de durante la punta de la tarde.

¿Qué cargas son más fáciles de desplazar?

Las que almacenan energía como temperatura. Congeladores, termos, bombas de calor y aire acondicionado pueden derivar una fracción de grado o funcionar unas horas antes sin que cambie el servicio que prestan. La carga de vehículos eléctricos es la mayor oportunidad nueva, porque un coche aparcado de noche dispone de mucho más tiempo del que necesita.

¿Por qué rinden menos los programas domésticos?

Porque el ahorro es pequeño frente a la atención que exige, así que los esquemas basados en precio producen un pequeño porcentaje de respuesta que decae al agotarse la novedad. La automatización lo resuelve: cuando un dispositivo responde sin que el hogar decida nada, la participación se multiplica y persiste.

¿Qué es una central virtual?

Un agregador que contrata con muchos hogares o empresas, controla sus dispositivos flexibles y oferta la capacidad combinada a los mercados eléctricos como un único recurso. Los participantes suelen recibir un pago fijo o una tarifa menor y no toman decisiones por su cuenta.

¿Puede la respuesta de la demanda sustituir centrales?

Puede sustituir algunas, sobre todo centrales de punta construidas para unos cientos de horas al año, y suele ser más barata por kilovatio evitado que construir nada. Sus límites son la duración y la repetibilidad - maneja bien las puntas cortas y mal los déficits prolongados - así que complementa al almacenamiento y a la generación firme en vez de sustituirlos.